martes, 21 de enero de 2014

CRÓNICAS COREANAS - 대한민국 (4º día)

DÍA 4.-  28 de septiembre, sábado.
De visita al Tripitaka Millennium Hall, de raíces misteriosas, del Sori-Gil 
y de una Ópera pasada por agua.

    Alojarse cerca del lugar a visitar, tiene la ventaja de que no hace falta madrugar, por lo que quedé con mis acompañantes a las 9, hoy sí llegamos todos a la vez, por lo que pude ver lo que desayunan los coreanos, que a mi se me antoja una barbaridad. Yo, la verdad, es que no encuentro diferencia entre la mesa del desayuno, el almuerzo, o la cena aunque, sin duda, debe de haberla, menudo despliegue de platos. En mi caso, y como el camarero ya me conocía del día anterior, me sirvió lo habitual. 
Terminado el desayuno y tras subir a la habitación para recoger unos obsequios que quería entregar a las chicas del taller de litografía, a las que, como recordaran, había conocido el día anterior, nos acercamos al Parque Temático de la Tripitaka Coreana, con la intención de visitar los pabellones que ayer no pude ver.


Con el grupo folclórico de Indonesia.

      Nada más llegar observamos a diversos grupos folclóricos, sin duda, el más espectacular era el de Indonesia, pero había otros de China y de India, e incluso uno de México, que llenaron de colorido la mañana coreana, con sus danzas y bailes populares, como anécdota, contar que la responsable del grupo indonesio me pidió hacerme una foto con el mismo, a lo que accedí gustosamente.
Tras una rápida visita a las chicas del taller de litografía, para hacerles entrega de diversos impresos tipográficos que había realizado especialmente para mi visita, y saludar a la responsable del proyecto, que me explicó algo más del trabajo que como diseñadoras, grabadoras y artistas plásticas realizaban en la ciudad de Busan, salimos del edificio para seguir a los primeros visitantes que ese día comenzaban su visita al Parque, en esta ocasión lo hicimos por la izquierda, que era como estaba señalizada la misma.

Como ya dije, las carpas que hoy visitaría tenían un contenido principalmente religioso, que pese a mi total desconocimiento de la religión budista, no resultó obstáculo alguno para poder disfrutar de los distintos espacios expositivos, como era el caso del World Cultural Heritage Hall, que tenía dentro un gigantesco Buda articulado sobre el que se proyectada textos e imágenes con una zona de oración, frente a él. En otra sala, pude ver unos peces suspendidos del techo sobre los que los visitantes anudaban pequeños trozos de papel con buenas intenciones escritas, con la esperanza de que se vean cunplidas.



El segundo espacio visitado era una recreación de los restos arqueológicos de la casa donde nació Buda en la India, el llamado Mini Lumbini, dentro de la estancia habia un monje indio meditando y en la parte exterior otro descansando, parece que para relevarse en las oraciones, sin duda aquello era un lugar sagrado para los budistas.
 A la salida, en una pequeña plaza, había una zona de descanso, a la que fuimos a tomar un refresco, aprovechando de paso para observar a las personas que en ese momento estaban por allí y los distintos espacios dispuestos para que los visitantes se hicieran fotografías de recuerdo, cosa que yo también hice.



El siguiente edificio al que entramos, el llamado Tripitaka Millennium Hall, era una moderna construcción a la que se accedía por una gran sala circular donde, con proyecciones láser y de manera virtual, aparecían en las paredes grabados antiguos, caracteres del Tripitaka o imágenes animadas, además uno podía ver y tocar unas réplicas de las más de 80.000 planchas del Tripitaka dispuestas en las paredes de una rampa por la que se ascendía a la tercera planta,que era por donde comenzaba la visita. En la primera de las salas uno podía ver, mediante dioramas, todo el proceso de elaboración de las planchas del Tripitaka, desde el talado de los árboles, pasando por la preparación de las tablas, el trabajo caligráfico, el tallado, la fabricación del papel, la impresión o el encolado y enrollado de las hojas impresas
      Aquello era muy interesante, pero a ojos de los más pequeños aquel espacio era genial para dejar volar su mente. Mientras yo observaba las distintas representaciones y mi guía me traducía alguno de los carteles, pude ver como una niña le retiraba la hoja de papel al escriba para ver que ponía, mientras su madre, agobiada, le decía que la dejara, y en su afán por volverla a su sitio terminar poniéndola al revés, o a tres hermanos peleándose por ver quién cogía las maravillosas herramientas del tallista dispuestas en una mesa, aquello, sin duda, eran instrumentos musicales, dada la pasión con la que aporreaba la mesa la más pequeña, pero claro, para los niños aquello era un juego.

Ellos se lo pasaban bien en este pabellón, pero lo cierto es que muchas de las salas estaban especialmente dedicadas a lo niños, con pantallas táctiles, juegos, distintas actividades, además tenían que ir completando una especie de "Gymkhana" e ir sellando unas cartulinas que luego eran canjeadas por regalos, por lo que pueden imaginar que a ello era un ir y venir de niños por todas partes. Pero volviendo a nuestra visita, aquellos dioramas explicaban perfectamente lo laborioso del trabajo que los artesanos tuvieron que desarrollar para conseguir la Tripitaka.

       En la siguiente sala pude ver dos de las planchas originales de la Tripitaka, traídas desde el templo de Haein, y que el día de ayer pude ver en su depósito, pero en esta ocasión podía verlas a escasos centímetros, era emocionante poder observar los más mínimos detalles y comprobar el grado de perfección de esta obra.

     Continuamos visitando las distintas salas entre las que pude ver una destinada al proceso constructivo de los pabellones de Haeinsa, o a la historia del traslado de las mismas al templo, así como un montón de fotografías de lo monjes más relevantes del mismo.
Hoy había mucho más público, supongo que por ser fin de semana.


 Saliendo de aquel edificio, a su izquierda, habían construido el “Tripitaka Cinematic Hall”, una sala de cine en 3D, en la que proyectaba una película de animación en la que un niño coreano cuenta la historia de la Tripitaka, la del país y la de Haeinsa. Las imágenes en 3D realmente eran espectaculares y ver a los niños intentando coger los pájaros que volaban a su alrededor o esquivar las flechas era muy simpático.


Al salir del Cine, y como punto final a mi estancia en el Parque del Tripitaka, nos pasamos por algunas de las carpas instaladas en la plaza del milenio, que el día anterior no visitamos, para ver las dedicadas al tallado de madera ya a la fabricación de papel, junto a esta última había una en la que podías dejar tu nombre escrito en uno de los farolillos que durante todo el festival se iluminaría por la noche, era un modo de colaborar económicamente con el proyecto del Parque Temático. Finalizada la visita, abandonamos tranquilamente el recinto, echando un ultimo vistazo a los alrededores, donde había instaladas otras carpas destinadas a los productos típicos de la zona, así como zonas dispuestas para que los visitantes pudieran comer y descansar.

 A la salida nos estaba esperando el conductor, hoy me llevarían a comer a un restaurante de la zona, conocido por su especialidad en pato, el nombre del local, "Nido de Pájaro", no daba muchas pistas sobre su magnífica gastronomía, pero además resultó ser un lugar impresionante, pues también se dedicaba a la venta de todo tipo de encurtidos, desde hongos a raíces, pasando por una gran variedad de plantas y frutos, la mayoría desconocidos para mi. 



De manera que, nada más entrar, lo primero que uno veía eran una sucesión de enormes recipientes de vidrio conteniendo todo tipo de productos conservados en líquidos de diversos colores, los había de color rojo, otros parduscos, transparente como el agua o verde intenso e incluso uno negro de aspecto repugnante, salvó las setas y el ginseng, el resto no supe reconocer que eran. Con mucha curiosidad me detuve a ver aquellos enormes frascos conteniendo una raíces retorcidas sobre sí mismas, enormes setas colocadas meticulosamente unas sobre otras, incluso unos frutos parecidos a la aceitunas, pero que por supuesto no eran. 
Sin duda todos aquellos recipientes, perfectamente ordenados y colocados en exposición, le daban al restaurante un aspecto de tienda de los horrores muy sugestivo. Debo de aclarar, a mi favor, que incluso para mi guía algunos de aquellos productos eran totalmente desconocidos. El dueño del restaurante me dijo que todo estaba a la venta, pero en envases mucho más pequeños, y que algunos de ellos los utilizarían en la preparación de los platos que íbamos a comer después. Especialmente uno, un tipo de raíz maceradas en chile rojo, que cuando no lo pusieron en la mesa y al ir a probarlo, menudo susto, aquel diminuto trocito de raíz al tocar la punta de mi lengua, literalmente me cortó la respiración, sin duda era lo más picante que había probado en mi vida, pensé que me moría. Yo creo que aquello era picante hasta para mis acompañantes, pues nada más comerlo comenzaron a sudar y no precisamente porque hiciera calor en el comedor.
Olvidado el inicial susto, el resto del almuerzo fue antológico. Cuando llegamos, pude ver a dueño dar los últimos toques en el fuego a los trozos de pato en una barbacoa coreana, que siendo ligeramente diferente a la nuestra, intentaré describir. Construida con ladrillos y yeso tiene un hueco en la parte superior donde se deposita el carbón y sobre el que se pone la rejilla con la carne, el tiro lo tiene por debajo y carece de chimenea, por su parte, una vez retirada la carne se cierra el tiro y se cubre con una tapadera, con el consiguiente ahorro en combustible.

 Como decía, su especialidad era el pato a la barbacoa, que luego terminaron de cocinarlo, ante nuestros ojos, en una cocina de gas colocada sobre la mesa. Como algunos de los ingredientes amenazaban con manchas nuestra ropa, nos suministraron unos baberos enormes con los que protegernos de las salpicaduras.
El pato estaba cocinado con castañas y otras hortalizas que le conferían al plato un aroma y sabor inenarrables. Puedo decir que fue lo mejor que probé en todo el viaje, realmente disfrute con esta comida, salvó el pequeño sobresalto del picante, pude descubrir un plato intenso y una carne jugosa que envuelta en hojas de lechuga, trasladaba a la boca un sabor aterciopelado, gracias al contraste entre lo caliente de la carne y la frescura del vegetal.
Para mi desgracia, en los restaurantes coreanos que visitaba no había postres, y mucho menos dulces, y yo, que soy bastante goloso, aquello lo llevaba francamente mal, por lo que mi acompañante me propuso comprar en una pastelería algún tipo de dulce y tomarlo como postré en el lugar que íbamos a visitar aquella tarde. No supe decirle que no, y nos acercamos al Gaya-Myeon, el pueblecito junto al que se levanta el Parque del Tripitaka, a comprar una especie de tarta, solo me tome una generosa porción. Estábamos sentados en una zona de descanso junto a unos de los puentes que cruza el arroyo Gayacheon, en la que había varias mesas de madera y sobre las que habían suspendido una gran cabeza de Buda realizada por los alumnos del taller de Paju. Un lugar frecuentado por excursionistas, pues desde aquí comenzaban varias rutas senderistas y desde la que partía el paseo previsto para estar tarde, un breve recorrido de apenas cuatro kilómetros por el llamado "Sori-gil", una ruta de senderismo que bordea el arroyo que baja del monte Gaya hasta desembocar en el valle donde se encuentra el Parque del Tripitaka.
Una muestra de la amabilidad del pueblo coreano la tuve cuando una señora, ataviada con un traje elegante , no tuvo ningún inconveniente en fotografiarse a mi lado cuando, no sin cierto apuro, se lo propuso mi acompañante con la ingeniosa fórmula de decirle que era "español", sin duda algo muy exótico para ellos.
Puesto que la ruta completa del Sori-gil era bastante larga, nosotros solo cubriríamos un pequeño trayecto, no llevábamos ni la indumentaria, ni el calzado adecuado, como en el juego de oca, lo nuestro sería “de puente a puente”. De modo que tras cruzar el puente, que daba acceso a un amplio espacio junto al río donde se levantaban, imponentes, una pagoda de cinco pisos y dos enormes estatuas de Buda de al menos diez metros de altura cada una, rodeando a al primero una construcción de piedra de varios niveles con decenas de bajorrelieves de Buda y al segundo, también formando un semicírculo a su alrededor, unas urnas con esculturas de Buda en su interior, todo ellos en una especie de gran oratorio al aire libre.
A la izquierda del primer Buda, se podían ver unas empinadas escaleras de madera que conducían a la pequeña ermita de Gilsangam un lugar recóndito y apartado, dependiente del templo de Haeinsa, al que los monjes se retiran para sus meditaciones. Cuando digo empinadas me estoy refiriendo a unas escaleras que salvan un desnivel de más de cien metros, en una zigzagueante ascensión que te deja sin resuello. Llegados a la primera construcción, a su izquierda arrancaba una estrecha vereda, construida sobre grandes losas de granito, que nos llevaba a una ermita, esculpida en la roca, donde pude ver varias estatuas de Buda niño, junto a su madre, elefantes y varias figuras de animales más, y que era desde comenzaba  la ruta senderista que, entre grandes rocas y una vegetación exuberante, en continuo descenso, no condujo por unos parajes naturales realmente espectaculares.

Vista del final del trayecto del Sori-Gil

       La espesura del bosque solo era interrumpida por pequeños miradores que nos dejaban ver algunos picos del monte Gaya, puentes de madera que nos permitían cruzar las torrenteras que bajaban ladera abajo y junto las que pude ver decenas de pequeños montones de piedras, a modo de pagodas, que según mi guía eran construidas por los caminantes con la intención religiosa de trascendencia espiritual. Continuamente nos cruzábamos con senderistas que fatigosamente ascendían el camino que nosotros previamente habíamos recorrido, suerte que lo nuestro era bajar, pues para cuando llegamos al fin al trayecto yo estaba bañado en sudor y algo cansado. El sendero aquí se abría en una pequeña explanada, donde había un templete, una construcción de madera sobre grandes basas de piedra, sin duda un pequeño oratorio donde las personas podían descansar y meditar en un entorno increíble. Atravesamos un largo puente de madera, construido sobre una de las zonas más agrestes del río, y al otro lado ya nos esperaba el coche para regresar al hotel, debo confesar que cuando me senté en su interior experimente un sensación muy relajante, menuda caminata.
Esta experiencia, por inesperada, hizo que me percatara de que la naturaleza es para los coreanos muy importante, y la relación con ella trasciende lo puramente deportivo, las decena de pequeñas cintas colgadas en los árboles, que jalonan el recorrido, o las pagodas hechas con piedras junto al río, me dejo claro, que el medio natural es para ellos una vía de contacto con la espiritualidad.
Tras una rápida ducha y ya repuesto del paseo, nos dirigimos a uno de los restaurante situados junto al hotel a cenar, como en otras ocasiones eligió mi guía, con la particularidad de que en este, entre los platos de acompañamiento, tenía unos pimientos fritos con un gusto muy salado y apetitoso, y que pude ver esparcidos una gran cantidad en una mesa adyacente a la nuestra, durante el proceso de salado, una vez secos, porque la mayoría de los platos que servían en este restaurante eran preparados por ellos mismos. El plato principal fue Bibimbap, que en este restaurante servían en cuencos de metal, parece que otra de las peculiaridades de la mesa coreana, puesto que en otras culturas orientales la comida solo se sirve en recipientes de cerámica o madera, concluimos la cena pronto, pues a las 8 teníamos que estar en templo de Haein, en este caso para asistir a una representación musical.

Aún no lo sabía, pero aquella noche iba a ser de las más excepcionales de todo el viaje pues, por primera y única vez, se iba a representar la Ópera "Tripitaka" en Haeinsa, una obra que había obtenido el favor del público coreano durante el tiempo que estuvo en cartel en Seúl, y que la organización del festival del Tripitaka de este año habían conseguido traerla al templo donde se conservan las planchas que la inspiraron. Para asistir a aquella actuación, era necesario contar con una invitación que, como imaginaran, yo tenía. Lamentablemente la noche parecía oponerse a que la representación brillara, pues un tremendo aguacero comenzó a caer cuando nos montamos en el coche para subir al templo. La lluvia, el cielo cubierto, la ausencia de luna, y la espesura del bosque aportaba una negrura a esta noche que hizo que el recorrido, desde el aparcamiento hasta el patio donde tendría lugar la representación, estuviera rodeado de algo mágico. Subir completamente solos desde la puerta principal hasta la entrada del recinto con los paraguas, la lluvia, e iluminados por una triste bombilla, con lo que difícilmente podíamos ver donde poníamos los pies y penetrar de esta manera en un templo budista, tiene su no se qué, aquello me hacia pensar en unos tiempos no vividos en los que el alumbrado público no había llegado aún a nuestras ciudades y en las que caminar por las calles debía de resultar tan tenebroso como para nosotros esta noche.


Llegábamos con retraso, por lo que todo el trayecto lo hicimos en medio de un silencio agobiante, penetramos en el primer patio, subimos las escaleras y al traspasar la puerta, desembocamos en el patio principal abarrotado de personas y que para la ocasión se había convertido en un auditorio al aire libre, con un gran escenario donde ya estaban situados la orquesta y el coro, refugiados de la lluvia que no había cesado de caer, bajo unas improvisadas carpas.
Pese a estar lleno de público, yo pensaba que la representación se suspendería por la lluvia, lo que no podía sospechar es lo obstinados que pueden llegar a ser los coreanos. En lugar de suspender el acto la organización, ante la previsión de lluvia, había comprado unos impermeables que nos fueron dando a cada uno de los asistentes para que pudiéramos seguir la representación sin los aparatosos y molestos paraguas, que todos cerramos nada más empezar el acto. Lo cierto es que habían preparado unas pocas carpas para el público pero solo en los asientos más alejados del escenario, por lo que el resto de asistentes nos sentamos y soportando una lluvia, ahora más suave, y nos dispusimos a ver y escuchar esta ópera. Yo creo que la lluvia ayudó a crear un ambiente muy especial.
Pensaran que sin saber nada de coreano me iba a resultar difícil seguirla, pero debo confesar que el trabajo de mi intérprete fue impresionante, lógicamente no era cuestión de hacerme una traducción simultánea de lo que tenores, sopranos y barítonos cantaban, pero con palabras precisas y concisas pude comprender a cada uno de los personajes y su papel en la historia que narraban, como además conocía la historia de como se confeccionaron las planchas del Tripitaka, aquello resulto más fácil de lo supuesto y sobre todo porque la música es un vehículo impresionante de sentimientos y pasiones fácilmente reconocibles pese a que las mismas se interpreten en otro idioma, ¡que maravilla!.
La historia que contaba era la del supuesto amor entre un monje, el jefe de los talladores, y una princesa local, un amor que tuvo que aplazarse unos quince años hasta que la Tripitaka estuvo concluida. En la misma aparecía el rey de la dinastía Goryeo que puso todo su empeño para que se hiciera y el Abad del monasterio que no estaba por la labor del amor de monje, porque no quería perder a una persona fundamental para que aquellas planchas de madera se pudieran concluir, todo esto adornado con un cuerpo de bailes espectacular. Todos, los cantantes, bailarines, terminaron empapados como sopas. Sin ser un experto puedo asegurar que fue todo un éxito o eso, o que todos los asistentes nos dejamos llevar por la emoción del entorno, saber que las planchas del Tripitaka que inspiraron esta ópera se encontraban a escasos metros de nosotros la verdad es que ponía los pelos de punta.
En este caso me cuesta trabajó reflejar lo que pude sentir aquella noche, sólo sé que forme parte de un acontecimiento irrepetible. Conforme fue avanzando la representación la lluvia fue convirtiéndose en una suave llovizna, con la que abandonamos el templo una vez concluido el espectáculo. 

Eran las 11 de la noche cuando regresamos al hotel, menudo día. Aunque para mí no había terminado aún, aquello tenía que contarlo.


video


Continuará

martes, 14 de enero de 2014

CRÓNICAS COREANAS - 대한민국 (3º día - 2ª)

DÍA 3.-  27 de septiembre, viernes.
 De la visita al Templo de Haein y de gastronomía coreana excepcional.

    La mañana había sido interesante, sin embargo esta tarde, la visita al Templo de Haein, me iba a deparar uno de los momentos más emocionantes de este viaje. Tras recogerme en el hotel, el coche nos dejo a la entrada del templo, junto a unos escalones que daban acceso a una especie de puerta-arco, que es la primera por la que hay que pasar para entrar en Haein-sa. Al pie de la misma nos esperaba el jefe de los guías del templo, la persona que, con mucha amabilidad y paciencia, nos acompañó durante toda la visita, por suerte, esta tarde no era de las más concurridas, de modo que la visita fue sosegada y muy apacible.
      Lo primero que me explicó fue que el nombre del templo, Haein, se podía traducir como "La reflexión sobre un mar sereno", también me contó que la construcción del templo comenzó hacia el año 802, durante el reino de Silla, pero que el año 1817, un terrible incendio destruyo casi todos los edificios del complejo, aunque por suerte no llegó a los que albergaban el Tripitaka.
Explicando el significado del nombre del templo.
      Lo cierto es que los templos budistas están repletos de una simbología para nosotros curiosa. Sin ir más lejos este arco, bajo el que me encontraba, tienen una función de puerta, pues para los budistas las puertas separan el mundo real del espiritual
      Esta primera tenía grabado, no sólo el nombre del templo, sino la suya propia, este arco-puerta se llamaba Iljumoon, por su belleza, armonía y el maravilloso paisaje que lo rodea, incluso para un granadino acostumbrado a la abigarrada ornamentación oriental de la Alhambra, el colorido y entrecruzamiento del maderamen de su cubierta, era un anuncio de lo que me iba a encontrar en las construcciones coreanas. 


Tras el arco, los alumnos de la Escuela de Tipografía de Paju, que conocí el primer día de estancia en Corea, habían realizado una instalación artística en el camino que subía por la pequeña pendiente hasta la siguiente puerta, una intalación englobaba dentro del Haein Art Proyect. En este caso consistía en la colocación de 108 banderolas, un número que, como ahora veremos, se repite en este templo. 108 son los escalones que hay que subir, desde la entrada del templo hasta el edificio que alberga el Tripitaka, y 108 son los pilares que sostiene la techumbre de los cuatro edificios que alojan las planchas, sin duda estamos ante una cifra "mágica".
      La siguiente puerta indicaba con un cartelón, situado sobre ella, que se llamaba Bongwhangum, a través de ella pasamos a un pequeño pabellón con unos gigantescos y amenazadores espíritus, traspasada salíamos al primer patio donde ya pude ver la primera de las pequeñas capillas con visitantes orando.



Un nuevo tramo de escaleras nos hacia pasar bajo una puerta con un cartel que indicaba que su nombre era Haetalmun, por la que entrábamos a una gran plaza rodeada de edificios y donde, al fondo, sobre una plataforma elevada, se encontraba el santuario principal. En esta plaza había una Pagoda de piedra, a su derecha un gran edificio con el símbolo de Haein-sa, que siendo la esquematización de un molino de viento, a los europeos nos recuerda espeluznantemente a la esvástica nazi, pero que, como bien me aclaraba el guía, no deja de ser un símbolo tántrico que invoca a la diosa hindú de la riqueza, la prosperidad y los buenos augurios.


     Sin embargo, lo más interesante de ese patio lo encontramos a la izquierda, hay un curioso laberinto formado por farolillos de colores y un pabellón con tres gigantescos instrumentos musicales, una campaña de bronce, un tambor y un gong que se toca con un pez. Según explicaba el guía, estos instrumentos simbolizan la unión de este espacio sagrado con el infierno, la tierra, el aire y el agua, de manera que cada instrumento tiene su propio nombre y significado. La campaña o Brahma tiene la función de aliviar la existencia a todos los seres que se encuentran en el infierno, liberándolos del sufrimiento cada vez que la misma es tañida, ya que cuando se toca el fuego se apaga. Por esta razón es tocada al día sesenta y una veces. El tambor o Dharma, por su parte tiene la función de propiciar la salvación de los seres humanos que habitan la tierra, ya que el eco de su sonido difunde las enseñanzas de Buda. Y por último el gong, cuyo nombre no recuerdo, y que con forma de nube, salva a todos los seres del cielo, mientras que el pez, con el que se toca, se encarga de salvar a todos los seres marinos.
       Una vez subimos el siguiente tramo de escaleras llegamos al Daejeokgwangjeon, que es el centro arquitectónico y espiritual de este templo, con pinturas en el exterior narrando la vida de Buda y la de los monjes que construyeron este templo, con unas espectaculares escultura doradas de Buda en su interior, el lugar donde los monjes realizan sus oraciones. Las decoraciones, desde el techo al suelo, son abigarradas y coloridas.


Detrás de este edifico, encontramos unas espinadas escaleras que nos llevaran directamente a los cuatro edificios donde se custodia las Planchas del Tripitaka. Auque antes deberemos de traspasar tres puertas con formas geométricas diferenciadas y cuya simbología nos indica que estamos ante un lugar muy especial para los budistas. La primera puerta es cuadrada, la segunda, menos clara, tiene una forma triangular formada por  las maderas que sustentan la techumbre de madera y, por último, la que da acceso al conjunto de edificios que es circular, no es que las formas sean tan claras como yo las describo, pero la idea de los constructores, según nos explicó el guía, era la conectar los tres elementos de la naturaleza, la tierra, el agua y el cielo con el lugar donde se albergan el Tripitaka.

El Jangkyenong Panjeon, peso a lo que podríamos pensar, es un conjunto de edificios austeros y desprovistos de cualquier tipo de decoración o adorno, construidos con adobe y madera, lo que los hacen pasar casi desapercibidos comparándolos con los otros edificios del templo, y que sin embargo son los más importantes de todo el templo, por ser los que albergan el Tripitaka, la colección de planchas xilográficas más grande y antigua que se conservan en el mundo. 
Se trata de cuatro edificios construidos alrededor de un gran patio central, de aspecto sencillo y desprovistos de ornamentación, pues no podemos olvidar que ante todo son un "almacén". Dos grandes edificios rectangulares de sesenta metros de largo, por casi nueve de ancho, y ocho de altura, están franqueados por dos más pequeños a derecha e izquierda del patio central. Como casi todo en este templo, estos edificios tienen nombre propio, por el que se entra se llama Sudarajang (sala de Sutras), mientras que el del fondo, que tiene un pequeño oratorio con un buda, tiene por nombre Beopbojeon (sala de Dharma), los dos más pequeños no tienen nombres, aquí es donde se conservan las planchas del Tripitaka, si bien en uno de los más pequeños se guardan además las planchas xilográficas de otros libros, también muy antiguos.  
Según el guía, no se sabe con exactitud cuando fueron construidos los edificios, si que fueron reconstruidos en el año 1488, durante el reinado del rey Seongjong, de la dinastía Joseon, y que sufrieron algunos trabajos de mantenimiento en 1622 y 1644 y la última en el año 1964, durante esta última quedó al descubierto una inscripción en una viga que, no solo hacía mención a las anteriores reparaciones, sino que mostró a los arqueólogos como fueron reconstruidos los edificios. 
Lo más interesante de estos edificios no se ve, pero lo cierto es que los principios de hidrodinámica utilizados para su construcción han conseguido preservar de la humedad y los insectos las planchas de madera, pese a ser este un material frágil, y encontrarse este templo en un lugar con unas condiciones climatológicas tan extremas. 
La solución que encontraron sus constructores para evitar la tan temible humedad del verano y la sequedad del invierno fue muy ingeniosa. Los edificios están construidos sobre una plataforma con una base de más de 40 cm. constituida por capas superpuestas de sal, carbón, arena y cal, que se encargan de absorber el exceso de humedad provocada por las abundantes lluvias del verano, para luego liberarla poco a poco durante el seco invierno, manteniendo de esta manera un ambiente ligeramente seco, lo que propicia que, por ejemplo, en ninguna de la maderas se ha detectado moho u otro tipo de hongos.
También está regulada la ventilación interior gracia a la colocación alterna de ventanales grandes arriba y pequeños abajo, en cada una de sus paredes, lo que permite una circulación constante del aire mañana y noche, manteniendo una temperatura casi constante en su interior. Además su construcción, orientada al suroeste, impide que los rayos del sol incidan en el interior de los edificios o que el viento dominante en el monte Gaya, entre con demasiada fuerza en su interior.
Otro dato significativo para la creencia budista es el número 108, que ya mencioné antes, pues este es el número de columnas de madera que sostienen los tejados de los cuatro edificios, este número simboliza el número de impurezas y contaminaciones que separan al ser humano de alcanzar la iluminación, de modo que este una vez dentro de este recinto nos encontramos en un lugar sin impurezas.
Sin duda, todo un alarde constructivo que, con el paso de los años, se ha demostrado perfecto, hasta tal punto que cuando en 1970 se intentó construir un refugio subterráneo para guardar las planchas para evitar su posible destrucción, con todos los adelantos tecnológicos del momento, en apenas unas semanas aparecieron los primeros signos de moho en las maderas allí introducidas a modo de prueba. Es curioso observar como ni las más pequeñas arañas encuentran un lugar adecuado para tejer sus telas dentro de estos edificios.


        Tripitaka es una palabra sánscrita, que viene a significar "tres cestas", que se suponen los recipientes originales donde se conservaron unos escritos que recogían una series de normas budistas de conducta monástica, discursos de Buda y comentarios sobre diversas Sutras budistas escritos por antiguos eruditos. Según el guía, es la versión más antigua conservada de estos preceptos, y aunque las primera versión se comenzó a tallar en madera en el año 1011, la misma fue completamente destruidas en el año 1232, durante la invasión mongol de Corea. La que hoy podemos ver, se comenzó a gravar a partir del año 1236, un trabajo que se prolongó durante 15 años y que se conservan en este templo desde el año 1398, fecha en la que fueron trasladas desde la isla de Kanghwa con el fin de preservarlas de las continuas guerras que asolaban el país.

Según me dijo el guía, se conservan 81.258 Planchas del Tripitaka aunque, como dije antes, en los edificios laterales hay además otras 82 xilografías antiguas pertenecientes a otros libros, de modo que las xilografías conservadas, en total, asciende a la cantidad de 81.350. La madera usada fue de abedul y de magnolio, sacada de unos troncos que tras cortarlos estuvieron sumergidos en agua salada durante tres años, luego de serrarlos en tamaños más pequeños se hirvieron en agua salada y se dejaron secar a la sombra. Aquellos tablones fueron cortados en un tamaño de 70 cm. de largo por 24 cm. de ancho y un grosor de entre 3 y 4 cm., planchas a las que, para evitar cualquier torsión, se le colocaron unos listones sujetos con trozos de bronce remachado en los extremos, cada tabla pesa entre 3 y 4 kilos y, según me dijo, los investigadores creen que en las mismas se tallaron más de 52 millones de ideogramas, unos 644 en cada plancha, dado que las mismas están talladas a ambos lados. También afirman que de han detectado 30 caligrafías distintas, aunque todas imitando un tipo de caligrafía China famosa en aquellos años, por lo que se supone que fueron treinta los maestros calígrafos que prepararon los calcos para las planchas. Los mismos eran pegados del revés a la tabla de madera, de manera que los tipos fueran tallados especularmente, con el fin de que tras la impresión saliera al derecho, tras este proceso pasaba a manos de los tallistas. El estudio de estas planchas hoy en día es difícil, puesto que los ideogramas están en chino clásico. El guía me informó que tras un análisis de todas las planchas, solo en ocho se han detectado errores, en un caso se cambió una línea completa y en el resto solo ideogramas sueltos.
Estos datos me hacen reafirmarme en la hipótesis que sostengo, de que de aquellas correcciones surgió la idea de tallar, primero en madera y después fundir en metal, los primeros tipos móviles coreanos, pienso que la altura de los tipos es deudora de esas correcciones.
Lo cierto es que estamos ante una obra descomunal, buena muestra de ello es que los 6.568 libros que conforman la impresión de todas las planchas, ocupan una gran habitación construida en el primer edificio, sobre el pasillo de acceso al patio central.



      Para los coreanos que profesan la religión budista, aquel recinto tiene una gran importancia espiritual, por aquello que dije de la carga simbólica, ya que las planchas del Tripitaka libran, por si solas, a los edificios de impurezas, de modo que en aquel lugar es más fácil alcanzar la iluminación. Esta es una de las razones por la que los visitantes coreanos hagan continuas reverencias, dirigiendo su mirada a las planchas, a los libros, y a todos los rincones del edificio. En el año 2007, la UNESCO declaró la colección de xilografías del Tripitaka coreano y los edificios que las contienen, Patrimonio de la Humanidad.
Por un momento yo también alcancé el éxtasis, tras un paseo junto a los cuatro edificios, contemplando las estanterías abarrotadas de xilografías desde el suelo al techo, viendo como las planchas estaban dispuestas en once tandas superpuestas, que silencio. Este fue un paseo con la esperanza de que al escudriñar en el interior de los mismos, pudiera empaparme de algo de su magia. Pero lo realmente  sentí en aquel recinto fue una inenarrable emoción de poder ver, por fin, aquellas xilografías, y tomar consciencia de la enorme cantidad de planchas allí depositadas. Este era, sin duda, una de las razones principales de mi visita a Corea del Sur, el poder sentir la historia de la imprenta coreana tan cerca de mí.
Desde aquel recinto nos dirigimos directamente a la salida del templo, aquello fue el paseo más lento de mi vida, yo creo que en el fondo no quería irme, pero sobre todo porque era necesario asimilar todo lo vivido y grabarlo en lo más profundo de mi recuerdo. De modo que, aquel fue un momento para la reflexión y el agradecimiento hacia las personas que lo habían hecho posible.
Finalizada la visita, y todavía con la emoción a flor de piel, mi acompañante le pidió al guía que nos recomendara un lugar cercano donde poder cenar, dado que él era vecino del lugar. 
Aprendiendo a usar los palillos.
Solo puedo deciros que amablemente realizó una llamada para reservarnos una mesa en un establecimiento muy famoso por una especialidad que en otoño no podíamos dejar de probar, y que con una traducción más o menos libre venía a ser "sopa de setas de racimo frescas", algo que ni yo, mi mis acompañante habíamos probado en la vida, pero de la que ellos si que habían oído hablar. Como pueden observar, dedico muchas líneas del texto a la gastronomía, sin duda se debe a la continua sorpresa que cada uno de los restaurantes me deparaba. 
El local era espacioso y muy ordenado, y para nuestra suerte hoy no estaba muy lleno. En esta ocasión la presentación de la mesa llamó poderosamente mi atención, ya que cada uno de los productos estaba depositado sobre una hoja fresca de sésamo, lo que le daba un colorido mayor, si cabe, a la mesa.

 
 En este viaje una de las cosas que más me ha gustado han sido las comidas, todo me impresiona, aquí las setas, en otro restaurante el pollo, o las hojas de sésamo hervidas y la raíz de loto en otro. Sin duda la mesa coreana es un festival para los sentidos. 
No pretendo abrumarles repitiendo lo mismo una y otra vez, de modo que a partir de ahora sólo les referiré las especialidad culinaria que más me impresionen en cada establecimiento, dando por sentado que el resto de platos de acompañamiento, sin ser nunca iguales, cumplen precisamente esa función, la de acompañar al plato principal y por mucho que intente describirlos, lo interesante en llevárselos a la boca.
La famosa sopa de Setas.

Sólo les diré que aquella famosa, y festejada por mis acompañantes, "sopa de setas de racimo frescas" tenía un agradable aroma y un sabor exquisito, la textura de aquellas setas al masticarlas era muy interesante, pero debo confesar que mi paladar es demasiado simple para esta exquisitez, sobre todo después de ver la cara de satisfacción de mis acompañantes, aquello era un manjar de dioses.
Para cuándo terminamos la cena, solo eran las siete de la tarde, de modo que nos acercamos al Parque temático para ver la iluminación de unos globos que durante todo el día los operarios habían ido colocando. Por un error de cálculo nos adelantamos un día, por lo que no nos quedó más remedio que darnos un paseo por los alrededores.
Cerca de las nueve de la noche finalmente nos dirigimos al hotel, el día había vuelto a ser intenso y todos merecíamos un descanso, aunque para mi, era el momento de reflexionar sobre las vivencias y sobre todo compartirlas con mi familia y amigos de Facebook. 




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Continuará

domingo, 12 de enero de 2014

CRÓNICAS COREANAS - 대한민국 (3º día - 1ª)

DÍA 3.-  27 de septiembre, viernes.
Del acto de apertura del Festival del Tripitaka 2013, y de gastronomía coreana.

      Hoy habíamos quedado a las 8,30 para desayunar, pero cuando yo llegué al comedor del hotel, mis acompañantes habían dado cuenta de un festín de más de diez platos, algo para mí impensable. Debería de pasar más tiempo en este país para acostumbrarme al desayuno coreano, mi estómago a estas horas debe de estar todavía durmiendo, pues soy incapaz de ingerir tal cantidad de comida. Algo que para ellos resulta lo más normal del mundo, pues desayunan, almuerzan y cena de la misma manera, un montón de platos. 
      Cuando me senté, y por más que mi guía le explicó al camarero que yo sólo quería un vaso de café y un trozo de pan tostado con mantequilla, tuve que aceptarle un plato de huevos revueltos, acompañados de trozos de frutas, dos rebanadas de pan tostado con mantequilla y un café con leche, al final debo de reconocer que un magnífico desayuno.

La entrada al Parque Temático.








     Ya preparados, cogimos el coche para acercarnos al Parque donde hoy abría sus puertas al público el Festival del Tripitaka 2013, pues el día anterior había sido la presentación oficial y nosotros no pudimos ver nada de los expuesto en los distintos pabellones, dado que preferimos disfrutar de las actuaciones musicales. 
    Cuando llegamos, en la entrada principal, un grupo musical estaba recorriendo toda la explanada de acceso, 
catorce personas ataviadas con ropas tradicionales, interpretaban una música rítmica y animada con gongs de bronce y tambores, entre los que destacaba uno con forma de reloj de arena, el Pungmul Janggo y que, según me explicaron después, es el instrumento emblemático de la música tradicional en Corea. Lo cierto es que aquella música envolvía y sobre todo invitaba a sumarse al cortejo bailando, cosa que varias de las espectadoras hicieron, yo no me atreví, aunque me hubiera gustado.

En esas estábamos, cuando llegaron al recinto cuatro chicas ataviadas con unas bandas, según me comentaron, era las reinas de la belleza de Hapcheon, y estaban aquí para participar en la ceremonia de apertura del Festival de este año. Como el momento era el adecuado, le pregunte a Jeon si podría fotografiarme con ellas, consultadas, se mostraron encantadas de hacerse una foto con un extranjero, por cierto, que una de ellas le dijo a mi intérprete que para ser occidental no era del todo muy feo, un cumplido en toda regla.
Poco a poco pude ver como se ultimaban los últimos detalles para el acto oficial de apertura del Parque temático del Festival del Tripitaka2013. Colocaron a las cuatro chicas bajo una especie de globos metálicos de los que colgaban unas largas cuerdas, las autoridades y organizadores se fueron colocando en la escalinata de acceso para dar comienzo al acto de apertura. Yo, como el resto de público, estaba esperando cuando, inesperadamente, me dice mi acompañante que, por favor, pase a ocupar mi lugar, a lo que sorprendido le pregunto ¿qué lugar? y me señala un espacio entre el presidente del comité organizador y el representante municipal de Hapcheón. Por un momento me quede desconcertado, nadie me había dicho nada, o puede que si y no lo hubiera entendido. Lo cierto es que el día anterior, mientras mi acompañante informaba a la organización de mi llegada, le informaron que para el día siguiente esperaban contar conmigo para el acto de la apertura del festival de este año. Sin duda un inesperado honor.

Colocándonos los guantes para tirar de las cuerdas.
Una vez situado en mi lugar, el Sr. Kim Yi-Soo, presidente ejecutivo del Comité Organizador, dirigió unas palabras al centenar largó de personas que esperaban el comienzo del festival y a los medios de comunicación allí presentes, luego nos invitó a colocarnos unos guantes blancos, que las chicas nos ofrecieron, para con ellos coger las cuerdas de los globos. Aquellas cuerdas estaban dispuestas para que al tirar se abrieran aquellas esferas y se liberara una lluvia de confeti, al tiempo que los globos se abrían, unos fuegos artificiales fueron disparados al aire, lo que le dio al acto un toque majestuoso y espectacular.
      Lo cierto es que yo era el único extranjero presente, de modo que no me extrañó cuando los distintos medios de comunicación presente se acercaron a mi, yo creí el acto concluido y pensé que lo único que querían era sacar unas fotografías de tan "importante" invitado, pero no, me indicaron que iba a tener el privilegio de ser la primera persona en entrar este año al Parque del Tripitaka, de modo que con la entrada número uno, subí los escalones con la intención de entregársela a la persona situada en el control de acceso al recinto. Con ella en la mano y ante los fotógrafos y cadenas de TV coreanas presentes, traspasé el control y pasé al interior. 
El primer visitante del 2013.
      Sin duda este ha sido el acto más importante en el que, hasta el momento, he participado en mi vida, por lo que no puedo dejar de mostrar mi agradecimiento a los organizadores por haberme hecho participe de ese momento tan especial. Muestra del interés despertado por este acontecimiento en Corea es que, para primeros de noviembre, el Festival había recibido más de un millón y medio de visitantes.
      Ya en el interior, una periodista me realizó una entrevista, en la que mostraba su extrañeza ante el interés mostrado por un escritor español en visitar el Festival del Tripitaka. Le hablé de mi relación con la imprenta, del capítulo que incluí en mi libro sobre los orígenes de la imprenta en Corea y de cómo gracias al mismo, había sido invitado a conocer los orígenes de la imprenta en Corea. Le dije que estar aquí, para ver tanto las planchas del Tripitaka conservadas en el Templo de Haein, como todo el material expuesto en los distintos edificios de este Parque, eran razones más que suficientes, pues ahora vería con mis propios ojos lo que solo conocía eran a través de los trabajos de investigadores que había leído.
Finalizada la entrevista, me dispuse a visita a los distintos recintos, pero, como entre edificios permanentes y carpas el parque tiene siete espacios diferenciados en cuanto a su contenido expositivo, todos ellos relacionados con la Tripitaka Coreana y con el Budismo, había que decidir por donde comenzábamos. Como ya deje escrito antes, se encuentran distribuidos alrededor de la Plaza del Milenio, que además tiene instaladas en el centro una serie carpas con talleres de actividades manuales, así como un espacio para juegos tradicionales. Los guías recomendaban comenzar el recorrido por la izquierda, una sugerencia se basaba en que la mayoría de visitantes eran budistas y que en ese orden se encontraban los pabellones relacionados con dicha religión, sin embargo, en el sentido contrario se hallaban los relacionados con la imprenta, por lo que sin dudarlo un instante iniciamos la visita por la derecha. 
El primer edifico que visité fue el llamado "Recorded Culture Hall", un edificio de dos plantas dedicado a la primitiva técnica de impresión con matrices de madera, donde nada más entrar, me topé con una muestra de impresiones, contemporáneas, realizadas utilizando las planchas con imágenes del Tripitaka y que sumaban más de treinta y nueve láminas, junto a una vitrina con dos de las planchas originales. La intención de aquellas imágenes, eran las de explicar la doctrina budista más fácilmente, sobre todo entre las personas iletradas.
En diversas vitrinas y paredes pude ver, desde láminas impresas, a antiguas planchas xilográficas originales, de libros impresos con este sistema, a carteles con letras talladas para se colocados sobre las casas.
La enorme imagen de un Buda impreso era magnífica, pero más impresionante fue ver una xilografía, de casi dos metros de altura. Y que decir de una plancha xilográfica, original del siglo XVII, de más de un metro de altura. 
En otras vitrinas pude ver decenas de antiguas planchas junto a los impresos originales realizados con ellas, un ejemplar impreso en el siglo XIII, un cilindro de madera tallado para realizar de este modo impresiones continuas, o sellos para imprimir estampas con imágenes a modo de amuletos, un producto que parece que fue muy demandado en una época no muy lejana de la historia coreana. Entre las piezas vistas recuerdo una enorme estampa en negativo con la imagen de Buda.
De cerca, aquellas planchas xilográficas dejaba ver la pulcritud, perfección y limpieza en el trabajo de los artesanos de los siglos XV o XVI, sobre todo en los cortes de las letras e imágenes, observar lo perfectamente pulido que dejaban el espacio rebajado de las planchas, dejaba muy claro lo en serio que aquellos artesanos se tomaban su trabajo.
Pude ver xilografías manchadas con el color de la tinta con la que se estamparon los últimos ejemplares hacia más de ciento cincuenta años, como la usada para estampar el Amoghavajra Dharani en 1862, con un color salmón precioso.



Había también bloques tallados que eran utilizados para decorar las portadas de los libros con un ingenioso sistema, se colocaba una hoja de papel sobre la madera para después ser frotaba con cera virgen, y a continuación pulida con una piedra hasta obtener una imagen brillante del grabado.
Entre las joyas que tenían expuestas, se encontraba una novela impresa, en xilografía, en los últimos años de la dinastía Joseon. Lo que hacía que este ejemplar fuera especial era que, durante la invasión japonesa, este tipo de literatura fue prohibida y todos los ejemplares destruidos, conservándose actualmente solo este ejemplarEn otra sala exponían una pieza muy singular, un libro que recogía los cinco preceptos fundamentales de la moral humana, y que se guardaban dentro de una caja realizada con varias de las planchas que se utilizaron para imprimirlo. En resumidas cuentas, aquello resultó toda una experiencia para conocer algo más sobre el antiguo sistema de impresión con plancha de madera, que durante la dinastía Goryeo brilló especialmente en Corea.

Junto a las artistas de Busan.

Aunque la visita me deparaba una última sorpresa, pues en una de las salas del edificio, unas artistas de la ciudad de Busan, habían instalado un pequeño taller litográfico con planchas de aluminio presensibilizadas con las que realizaban la impresión de las imágenes que los visitantes dibujában. Para alguien que como yo ha desarrollado parte de su vida laboral en una imprenta offset, aquellos materiales resultaban muy familiares, pero desde luego la original idea de trasladar los dibujos a la planchas y estamparlos en un tórculo me pareció simplemente genial.

       Finalizada la visita a este edificio pasamos a una carpa levantada para la ocasión, un espacio desdichado a la historia de la Tripitaka Coreana, la "Goryeo Tripitaka Koreana History" allí se mostraba la historia y vicisitudes de la realización de las más de 80.000 planchas del Tripitaka. 
Los distintos paneles y reproducciones me hablaban de una obra descomunal realizada por un pueblo al borde del abismo y que encontró en el mensaje que aquellas xilografías encerraban una razón de resistencia y futuro. Aquí la mezcla entre la labor artesanal y la religiosa era difícil de diferencial, sin embargo el resultado de tan asombroso trabajo podía verlo aquí. Después de pasear por las distintas salas y ver un vídeo sobre lo que pudo haberle ocurrido a las planchas del Tripitaka durante la guerra de Corea, de no ser porque un piloto coreano incumplió la orden de bombardear el Templo de Haein, yo pensaba que era maravilloso que aquellas xilografías hubieran llegado a nuestros días casi intactas.
      Una vez fuera de la carpa, nos acercamos a la plaza central o del Milenio, donde se encontraban unas pequeñas carpas que estuvimos curioseando, en una había un artista-calígrafo que me dijo que había llegado a exponer sus trabajos en Barcelona y al que compré una de sus obras, en otra unas chicas que decoraban con henna las manos, en esta el público era casi todo de chicas jóvenes. Y finalmente una que llamó rápidamente mi atención, en la misma habían instalado un pequeño taller donde los visitantes podíamos imprimir, sobre una réplica de las planchas del Tripitaka, nuestro propio ejemplar del Tripitaka, aquí pude comprobar que este es un sistema de impresión rápido y eficaz, sobre todo sí uno entinta y presiona cuidadosamente, como fue mi caso.


Realizando una estampación.
       Para finalizar la visita, nos dirigimos a una zona de juegos populares donde había instalados unos balancines donde intentamos, mi guía y yo, sin mucho éxito por mi parte, columpiarnos a base de dar pequeños saltos.
Como la curiosidad me hacia detenerme a cada paso, para cuando llegó la hora del almuerzo, solo había visto menos de la mitad del Parque.
Pero estaba claro que la mañana ya no daba para más, entonces, mi guía, me propuso que conociera, por fin, un autentico restaurante popular coreano. El mismo se encontraba situado en un recóndito lugar en la falda del monte Gaya y era conocido como "Baek Sook". Según me dijo era sobre todo conocido por preparar un fabulosa sopa de ave, una especialidad de la que, con una traducción más o menos aproximada, tomaba el nombre "Sopa de Pollo". No fue fácil llegar, pues la carrete era estrecha y sinuosa, estaba situado entre un frondoso y verde bosque donde destacaban pinos, castaños o robles, lástima no haber estado por allí unos días después, pues a mediados de octubre las distintas especies de árboles empiezan a cambiar de color y este bosque es espectacular.
 Bueno, debo de aclarar que nuestro concepto de restaurante no tiene comparación con algunos de los visitados en Corea. Era este un pequeño establecimiento, familiar y sencillo, con un azofaifo justo a la entrada de un comedor situado en una especie de terraza cubierta donde se distribuyen varias mesas bajas, este tipo de mesas obliga al comensal a sentarse en el suelo sobre cojines, el comedor se encuentra junto a la casa de los dueños, donde se ubica la cocina, que es la familiar, en este caso fue la dueña la que nos atendió y cocinó los impresionantes platos que uno a uno fue desplegando sobre la mesa. Para el que está acostumbrado a comer normalmente un solo plato y a usar el tenedor o la cuchara para comer a paletadas, la sutileza de los palillos metálicos coreanos separando con elegancia una a una las hojas o cogiendo con destreza un trozo de carne para sumergirlo en salsa antes de llevárselo a la boca, dejó claro que a la mesa coreana la occidentalización no había llegado.

El primer día de mi estancia en Corea, habíamos comido en un restaurante japonés en Paju, y el segundo lo hicimos en un restaurante para turistas, que si bien servía comida coreana el comedor contaban con mesas, sillas y ofrecían al comensal la posibilidad de utilizar un tenedor en lugar de los palillos, por lo que aún no había tenido tiempo de comprobar como comían los coreanos. Motivado por la impresión que me causaron aquellos platos desplegándose ante mi vista e influido por el maravillo paisaje de mi alrededor, le pedí a mi acompañante que me describieran los mismos según fueron colocados en la mesa.
Una vez sentados la señora nos sirvió, a modo de aperitivo, un plato con los despojos del pollo que luego nos serviría. Los higadillos, mollejas y tripas fritos en una sopa que mi intérprete tradujo como "sopa de tripas de pollo" y que a mi me resulto divertida y que en otro lugar hubiera rechazado. La misma estaba cocinada con pimiento verde, cebolla y una especie de pimentón, nos la sirvieron en cuencos individuales con unos frutos de azufaifo recién cogidos como acompañamiento.
Acabado el aperitivo la mesa se fue llenando de platitos con hojas de sésamo hervidas, trocitos de rábanos, hojas de rábano hervidas, diversos tipos de setas, el conocido tofu, cardillos, cebolla, un platito con pimientos verdes picantes, que me recomendaron no probar, salsa de soja fermentada llamada Jang, y por supuesto la afamada sopa de pollo o Baeksuk, elaborada en este establecimiento con más de veinte hierbas. Seguida de una sopa de arroz con hongos, zanahoria, pimientos y otras especies. La bebida en esta ocasión fue una bebida de maíz, menos fuerte que el Soju. La comida concluyó con una infusión algo extraña para mi, un té de flores y hojas de azofaifo llamado daechucha, que ciertamente tenía un sabor singular.
Introduciré aquí una anécdota algo escatológica, que espero sepan disculparme, había visto a mi guía levantarse al finalizar la comida para ir al urinario, por lo que antes de marcharnos le pedí que me indicara donde se encontraba para poder yo orinar, pues entre los licores y el agua bebida la vejiga no da para mucho más. Me dijo que los espacios para tal fin se encontraban en una pequeña habitación construida a la entrada de la parcela, pero separada convenientemente de la vivienda, y que mejor me esperaba hasta llegar al hotel. Ante mi extrañeza, me aclaró que en la mayoría de las zonas rurales en Corea, y especialmente en una zona como esta, las viviendas no tienen sistemas de evacuación para las aguas residuales, de modo que se construía un pequeño habitáculo con una taza turca sobre un pozo ciego, por lo que se pueden imaginar que en aquella caseta el olor podía resultaba nauseabundo y que era recomendable no entrar. Sin duda aquella era una manera ingeniosa y barata de conseguir abono para sus tierras.

No veía la hora de llegar al hotel, además de por la razón que ya saben, porque esa tarde se anunciaba interesante. Durante la visita de la mañana al Parque del Tripitaka, mi guía había quedado con una chica de la organización para que nos subiera en coche al Templo de Haein, en efecto, el lugar dónde se conservan las planchas del Tripitaka, un espacio al que sólo se puede acceder a pie, y en el que el que los vehículos están muy limitados, pero que en mi condición de invitado especial se haría una excepción, por suerte para mi. De modo que concluida aquella interesante experiencia gastronómica, y tras un breve descanso en el hotel, estaba de nuevo dispuesto a empaparme de historia del antiguo arte de imprimir con madera.



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